A veces fingir en el sexo no tiene tanto que ver con querer engañar a la otra persona. Puede tener que ver con algo bastante más sencillo y, a la vez, más difícil: no saber cómo decir “esto no me está gustando” o “no estoy disfrutando tanto como crees”.
Imagina una situación bastante habitual. Tu pareja está concentrada, intenta hacerlo bien y parece disfrutar pensando que tú también lo estás haciendo. Tú notas que aquello no te está produciendo demasiado placer, pero piensas: “Bueno, tampoco quiero cortarle el rollo”.
Así que exageras un poco tu reacción. Quizá haces más ruido, aparentas estar más excitado/a de lo que realmente estás o incluso finges un orgasmo.
La pregunta interesante no es solamente por qué fingimos. Es por qué, en determinados momentos, nos resulta más fácil fingir placer que explicar lo que realmente estamos sintiendo.
Fingir para no hacer sentir mal a nuestra pareja
Una de las razones más habituales para fingir durante el sexo es intentar proteger a la otra persona. No queremos que piense que no nos atrae, que no sabe satisfacernos o que ha hecho algo mal.
Si después de un encuentro tu pareja te pregunta “¿Te ha gustado?”, quizá la respuesta sincera sería “no demasiado” o “había cosas que me gustaban, pero otras no”. Sin embargo, decir simplemente “sí, mucho” puede parecer bastante más fácil.
En ese momento evitamos una conversación potencialmente incómoda y protegemos la autoestima de nuestra pareja. El problema es lo que ocurre después.
Si finges que algo te encanta, la otra persona recibe un mensaje bastante claro: “sigue haciendo esto porque funciona”. La próxima vez probablemente vuelva a hacerlo exactamente igual y tú puedes encontrarte nuevamente ante la decisión de corregirle o continuar fingiendo.
De esta manera, algo que empezó como un pequeño gesto para evitar hacer daño puede acabar creando una dinámica sexual en la que una persona cree que está dando placer y la otra cada vez tiene más dificultades para explicar que en realidad necesita algo diferente.
Por eso, la sinceridad sexual no consiste en hacer una crítica después de cada encuentro. Se trata de poder orientar al otro, expresar preferencias y entender que decir “me gusta más así” no significa decir “lo estás haciendo mal”.
Cuando sentimos que tenemos que demostrar que disfrutamos
También fingimos porque hemos aprendido un guion bastante rígido sobre cómo debería funcionar una relación sexual. Nos excitamos, tenemos sexo, llegamos al orgasmo y entonces podemos considerar que el encuentro ha sido un éxito.
Pero el sexo real no siempre sigue ese recorrido.
Puedes disfrutar muchísimo sin llegar al orgasmo. Puedes tener un encuentro agradable que no sea especialmente intenso. Puedes empezar muy excitado/a y perder esa excitación durante el encuentro. También puede haber días en los que simplemente te cuesta más conectar con las sensaciones.
Nada de esto significa necesariamente que haya un problema.
Sin embargo, cuando el orgasmo se convierte en la prueba de que hemos disfrutado, puede aparecer una presión importante. Quizá piensas que tu pareja se sentirá mal si no llegas, que interpretará que no te atrae o que empezará a esforzarse todavía más cuando tú ya estás cansado/a.
En esas situaciones, fingir el orgasmo puede convertirse en una forma de quitar presión tanto a uno mismo como a la pareja.
El problema es que también refuerza la idea que está generando esa presión: que un encuentro sexual necesita terminar con un orgasmo para haber merecido la pena.
Y quizá sería mucho más liberador poder decir: “No voy a llegar, pero estoy disfrutando” sin que eso convierta inmediatamente el encuentro en un fracaso.
Cuando fingir parece la forma más fácil de terminar
Hay otra razón para fingir de la que hablamos bastante menos: queremos que el encuentro termine.
Quizá empezaste teniendo ganas, pero en algún momento dejaste de disfrutar. Puede que estés cansado/a, incómodo/a, distraído/a o simplemente ya no te apetezca continuar.
Sin embargo, decir “quiero parar” puede resultar difícil. Algunas personas sienten que, una vez que han empezado, deberían continuar hasta que ambos hayan terminado. O temen que detenerse vaya a generar preguntas, frustración o rechazo.
En ese contexto, fingir un orgasmo puede parecer una salida sencilla porque permite poner fin al encuentro sin tener que explicar nada.
Pero aquí hay algo especialmente importante: haber empezado una relación sexual no significa que tengas que continuarla.
Puedes cambiar de opinión. Puedes pedir una pausa. Puedes decir que algo no te está gustando o que ya no te apetece seguir. El consentimiento no se da una vez al principio para todo lo que ocurra después, sino que debe poder mantenerse, cambiar o retirarse durante el encuentro.
Si habitualmente sientes que necesitas fingir para poder terminar, quizá la cuestión importante ya no sea el orgasmo. Puede ser preguntarte por qué no sientes que puedes decir “prefiero parar” con tranquilidad.
Más que preguntarnos quién finge, deberíamos preguntarnos por qué
Aunque solemos asociar el orgasmo fingido principalmente con las mujeres, los hombres también pueden fingir o exagerar su disfrute. La presión por rendir, satisfacer a la pareja, mantener la excitación o demostrar deseo puede afectar a cualquier persona.
Por eso, quizá no sea tan interesante preguntarnos quién finge más como entender por qué nos cuesta tanto hablar con sinceridad sobre nuestro placer.
Fingir alguna vez tampoco significa automáticamente que tengas un problema sexual o que algo vaya mal en tu relación. Puede ocurrir en una situación concreta por cansancio, incomodidad, inseguridad o simplemente porque en ese momento parecía la opción más sencilla.
Pero si fingir se convierte en algo frecuente, merece la pena prestar atención a lo que está ocurriendo detrás.
¿Te cuesta decirle a tu pareja qué te gusta? ¿Temes herirle si reconoces que algo no te produce placer? ¿Sientes presión por llegar al orgasmo? ¿Te resulta difícil pedir algo diferente? ¿Puedes decir tranquilamente que quieres parar?
Quizá entonces el problema no sea simplemente que estés fingiendo, sino que no sientes suficiente espacio para ser sincero/a durante el sexo.
Una buena comunicación sexual no significa saber exactamente qué hacer en cada momento. Tampoco significa que todos los encuentros tengan que funcionar perfectamente. Significa poder descubrir juntos qué os gusta y tener suficiente confianza para decir “así sí”, “así no”, “más despacio”, “prefiero otra cosa” o “hoy no me apetece” sin sentir que estamos decepcionando al otro.
Porque el objetivo no debería ser demostrar que estamos disfrutando, sino poder comunicar cómo disfrutamos realmente.




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