¿Cinco minutos? ¿Veinte? ¿Una hora?
Parece que incluso para tener sexo necesitamos cumplir unos tiempos. Como si existiera una duración correcta y, si no aguantamos lo suficiente, terminamos demasiado pronto o el encuentro dura menos de lo esperado, algo estuviera fallando.
Quizá por eso “¿cuánto debería durar el sexo?” es una pregunta tan frecuente. Buscamos una cifra que nos diga si estamos dentro de lo normal y, de paso, que nos confirme que lo estamos haciendo bien.
El problema es que ninguna cifra puede decirnos eso.
Existen estudios que han medido cuánto dura la penetración y referencias clínicas que ayudan a valorar determinadas dificultades sexuales. Pero no existe un número de minutos que determine si un encuentro sexual ha sido bueno, suficiente o satisfactorio.
Porque el sexo no debería convertirse en una competición de resistencia.
Cuando empezamos a mirar el reloj, dejamos de escuchar al cuerpo
Hay personas que durante el sexo están mucho más pendientes de cuánto están durando que de lo que están sintiendo. Se preguntan si están terminando demasiado rápido, si deberían aguantar un poco más o si su pareja estará satisfecha.
Físicamente están participando en el encuentro, pero mentalmente están evaluándolo desde fuera.
Esto ocurre especialmente cuando hemos interiorizado la idea de que un buen amante es alguien que “dura mucho”. El problema aparece cuando intentamos definir qué significa exactamente “mucho” y, sobre todo, quién ha decidido que nuestra pareja necesita eso.
Un estudio realizado con 152 parejas heterosexuales preguntó cuánto duraban realmente sus relaciones sexuales, cuánto les gustaría que durasen y cuánto creían que quería su pareja. Los investigadores encontraron algo especialmente interesante: las personas no siempre acertaban al imaginar las preferencias del otro.
Es decir, podemos estar intentando cumplir una expectativa que nuestra pareja ni siquiera nos ha pedido.
Esto puede verse también en terapia sexual. Imagina una pareja en la que él está preocupado porque siente que “dura poco”. Durante la penetración intenta controlar constantemente su excitación para retrasar la eyaculación. Reduce el ritmo, se detiene, piensa en otra cosa y vuelve a empezar, pero está tan pendiente de aguantar que apenas puede disfrutar.
Mientras tanto, su pareja puede estar necesitando algo completamente diferente. Quizá no quiere diez minutos más de penetración, sino más tiempo para los besos, las caricias, el juego o simplemente un ritmo diferente.
De repente, la pregunta deja de ser “¿cómo conseguimos que dure más?” y pasa a ser “¿qué necesita cada uno para disfrutar más?”.
Y son preguntas muy diferentes.
¿Cuánto dura realmente el sexo?
Aquí los datos pueden ser útiles, siempre que entendamos qué están midiendo.
En un conocido estudio realizado con alrededor de 500 parejas de cinco países, los investigadores cronometraron el tiempo desde el inicio de la penetración vaginal hasta la eyaculación. La mediana fue de aproximadamente 5,4 minutos, aunque existía una variabilidad considerable entre las parejas.
Pero este dato suele interpretarse mal.
No significa que el sexo “normal” dure 5,4 minutos. Lo único que se estaba midiendo era una parte muy concreta del encuentro sexual: desde el comienzo de la penetración vaginal hasta la eyaculación.
No se contabilizaban necesariamente los besos anteriores, las caricias, el sexo oral, la masturbación mutua, las pausas, otros juegos sexuales ni todo lo que pudiera ocurrir antes o después. Tampoco se estaba midiendo cuánto placer habían sentido esas personas.
Y aquí aparece otro problema bastante habitual: confundimos la duración de la penetración con la duración del sexo.
Si pensamos que el sexo empieza cuando hay penetración y termina cuando alguien eyacula, es fácil que cinco minutos parezcan pocos. Pero un encuentro sexual puede durar mucho más y contener muchas otras experiencias placenteras.
También puede ocurrir lo contrario. Un encuentro relativamente corto puede resultar tremendamente satisfactorio.
Por eso utilizar un cronómetro como medida de calidad sexual tiene poco sentido. Más duración no significa necesariamente más placer y menos duración tampoco significa necesariamente peor sexo.
Quizá no necesitas durar más, sino sentir menos presión
Cuando alguien está preocupado por cuánto dura, es comprensible que su primera reacción sea intentar aumentar ese tiempo. Busca técnicas para aguantar, controlar la excitación o retrasar el orgasmo.
Pero en algunos casos esa búsqueda puede introducir todavía más presión.
Cuanto más vigilas tu respuesta sexual, menos atención prestas a las sensaciones. Empiezas a observar tu cuerpo para comprobar si está haciendo lo que debería hacer en lugar de dejarte llevar por lo que está ocurriendo.
Por eso, en terapia sexual, a veces el trabajo no consiste inicialmente en conseguir que una persona dure más, sino en quitar el foco del rendimiento y devolverlo al placer y a las sensaciones.
Puede ser útil dejar temporalmente de perseguir determinados objetivos y ampliar lo que entendemos por sexo. Besarse, tocarse, explorar, cambiar de ritmo, parar, volver a empezar o descubrir qué está resultando agradable en ese momento también forman parte de un encuentro sexual.
No porque la penetración o el orgasmo no sean importantes, sino porque no tienen que convertirse en requisitos que determinen si el encuentro ha merecido la pena.
Cuando disminuye la necesidad de hacerlo “perfectamente”, también puede resultar más fácil estar presente y comunicar lo que necesitamos. Podemos decir que algo nos gusta, pedir que vayamos más despacio, cambiar de actividad o simplemente reconocer que ese día nuestro cuerpo está respondiendo de otra manera.
Eso también es una buena vida sexual.
Entonces, ¿cuánto debería durar el sexo?
Quizá la respuesta más útil sea: lo suficiente para que las personas que participan puedan disfrutarlo.
No existe una duración que convierta automáticamente a alguien en mejor amante. Tampoco tienes que demostrar cuánto aguantas ni tu pareja tiene que demostrar su placer llegando necesariamente al orgasmo.
Una persona puede llegar antes y otra después. Puede que una no tenga un orgasmo o que ninguno lo tenga y, aun así, ambos pueden sentir que ha sido un encuentro satisfactorio.
Por eso, si durante el sexo aparece constantemente la pregunta “¿estoy durando lo suficiente?”, quizá merezca la pena sustituirla por otra:
“¿Estoy disfrutando de lo que está pasando?”
Porque cuando necesitamos mirar el reloj para saber si estamos teniendo buen sexo, quizá el problema no esté en cuánto dura el encuentro, sino en la presión con la que lo estamos viviendo.
En sexología, no siempre trabajamos para conseguir que el sexo dure más. A veces el cambio más importante consiste en conseguir que se viva con menos presión, más comunicación y más disfrute.
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